Las rondas sampedrinas, el edecán de las fiestas

Por: José Eder Toledo Cubillos
Investigador Cultural
Hace poco en Pitalito se generó un espacio académico entre periodistas y gestores culturales para dialogar sobre dicha relación: periodismo y cultura. Uno de los académicos invitados reflexionó de manera majestuosa sobre las instituciones culturales. Quiero destacar algunas de sus ideas. La primera hace referencia a la construcción de la palabra recuerdo “re-cuerdo”, su etimología, lo constituye la palabra “re” que significa: estar de nuevo, y “cuerdo” que hace referencia al corazón, es decir, recuerdo, significa: estar de nuevo en el corazón. La segunda idea a destacar en el encuentro es la pregunta por las instituciones culturales que deben tener la capacidad de llevar al usuario al espíritu crítico, a su humanidad.
Ahora bien, las fiestas de San Juan y San Pedro, están de nuevo en el corazón. Las recuerdo. Permítanme recordar un poco la historia de nuestras fiestas. Un español llamado Lucas de Erazo ordenó en 1790 una celebración como manera de mostrar la obediencia al Rey de España. Era un jolgorio que participaba el pueblo cuya duración era de 10 días en el mes de junio, y entre las actividades estaba las comparsas que debían realizar la comunidad. Estas actividades se les denominaban “La Jura”, cuyo objetivo, era mostrar obediencia al Rey. Narra la historia que la participación de los habitantes era tan fecunda que se unió la fiesta de San Juan, perteneciente a lo rural, y San Pedro, a lo urbano, para lograr unos días de encuentro entre habitantes. Es decir, destellos de la formación cultural huilense nacían de la obligación al Rey, ¿será que necesitamos de un rey para volver a recordarnos en las fiestas?
Lo que se puede concluir es que las expresiones populares han logrado acoger a las diferentes clases sociales en una práctica cultural. Lo popular ha logrado desde un espíritu crítico posicionar a las fiestas como patrimonio cultural de la humanidad. En este sentido, las instituciones culturales tienen la responsabilidad de generar los espacios para que la comunidad recuerde. Si no hay recuerdo, es un espacio vacío. Porque la cultura moviliza. Por ejemplo, el campesino a través de los rajaleñas comunica sus inconformidades con el trabajo y los terratenientes, estos cantos se formaron con la compañía del licor y la comida. Es decir, habitaban los espacios para lograr comunicar.
Las primeras celebraciones del San Pedro en el siglo XX tenían un ambiente familiar, de comunidad, de compartir, cada casa hasta la más humilde preparaba el cerdo, en los solares su majestad el horno de barro asaba la carne (adobada con los ingredientes de la región), aparecían los insulsos tradicionales (no los de caja), las batatas, la arepa orejaeperro y los envueltos de plátano maduro, por solo citar algunas preparaciones, que hacían que las fiestas culturales adquirieran un lugar determinante en la identidad de la región. Las actividades en algunas casas se mantienen, porque la cultura genera los espacios de hermandad, de familia y de convivencia. Recuerdo, los trueques de comidas y bebidas (mistela) en toda la semana de fiesta. No era un espacio como hoy nos lo hacen creer, los espacios culturales no se habitan. La cultura es un lugar donde el usuario logra conectarse consigo mismo y con el territorio.
“Pere tantico”, nos quitan los lugares. Silencian las rondas sampedrinas, las que anuncian la bienvenida del lugar en el que podemos recordar. Las rondas hacen parte de lo vivencial del recuerdo, nos invita como usuarios de una cultura a disponernos, a encontrarnos en el sonido, en el canto, en “La Jura” como un lugar de lo que hemos sido. Las rondas calientan el horno, asustan a los cerdos, alistan el plátano, se tuerce la mistela: las fiestas deben continuar con el edecán, las rondas.
Podemos concluir, que el periodismo no debe responder solo a las seis preguntas; por ahora, encontremos al rey que obedece la institución cultural de Pitalito, aquella, que va mutilando los lugares, el recuerdo.
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