Por: José Omar Peña Muñoz
Hay empresarios que hacen negocios y hay personas que pretenden cambiar el lugar donde nacieron. Felipe Olave Blackburn parece haber escogido los dos caminos.
En pocos años, su nombre pasó de ser conocido en determinados círculos empresariales a convertirse en protagonista de conversaciones que trascienden los negocios: medios de comunicación, proyectos inmobiliarios, migración, educación, filantropía, fútbol y ahora un estadio multipropósito que podría modificar el mapa deportivo y cultural de la región.
La pregunta ya no es si Felipe Olave tiene ambición empresarial. La tiene.
La verdadera pregunta es otra: ¿qué tan preparada está la región para una transformación de semejante magnitud y qué tan preparados están sus proyectos para responderle al Huila?
Porque una cosa es anunciar grandes inversiones y otra muy diferente es convertirlas en obras sostenibles con el medio ambiente, productivas y socialmente beneficiables .
Olave ha construido una trayectoria empresarial que merece ser analizada. Su trabajo relacionado con migración hacia Estados Unidos, su llegada a medios regionales como La Nación y Huila Estéreo, sus proyectos inmobiliarios y su incursión en el fútbol muestran una estrategia que parece ir más allá de un solo negocio; también de transformación en infraestructura regional.
Su apuesta por Mirador del Magdalena y Olave Tower refleja una visión de ciudad que pretende mirar hacia el río y convertir ese entorno en un nuevo referente urbano para Neiva.
Pero precisamente porque los proyectos son grandes, las preguntas también tienen que ser grandes.
¿Van a generar empleo permanente? ¿Cuánto capital quedará circulando en la economía huilense? ¿Qué oportunidades tendrán los empresarios locales? ¿Cómo se integrarán estas inversiones con la planificación de Neiva? ¿Qué impacto tendrán sobre el territorio y el medio ambiente?
El ciudadano tiene derecho a preguntar. Y el empresario tiene la responsabilidad de responder, y ya lo ha hecho en diferentes medios y escenarios donde expone sus proyectos, la más reciente exposición, la hizo en el recinto del Concejo de Neiva, el pasado 16 de julio, lugar de donde afirmó es su medio la Nación que salió decepcionado debido a los diferentes planteamientos de algunos concejales de la ciudad.
El Atlético Huila: mucho más que una ficha
En el fútbol la discusión es todavía mayor.
El Atlético Huila no es simplemente una marca. Para miles de opitas representa identidad, memoria y pertenencia. Por eso cualquier proyecto alrededor del club debe entender que administrar una institución deportiva es también administrar una parte de la identidad regional.
La llegada de Felipe Olave a este escenario genera expectativa, especialmente con el impulso a las divisiones menores, y a mi juicio, allí podría estar la verdadera revolución.
El Huila no necesita únicamente traer jugadores de otras regiones, necesita formar futbolistas huilenses. Necesita entrenadores, escenarios, escuelas, procesos de formación y oportunidades.
Si las divisiones menores consiguen producir jugadores que lleguen al fútbol profesional, el proyecto tendrá una trascendencia mucho mayor que cualquier resultado de domingo.
Pero también hay una realidad incómoda: el Atlético Huila necesita recuperar su conexión con los huilenses, y esa conexión no se compra. Se construye
Se construye con resultados, transparencia, formación, identidad y presencia permanente en el territorio.
El estadio: la gran apuesta y el gran debate
Y entonces aparece el proyecto que puede convertirse en el mayor símbolo de esta nueva etapa empresarial: un estadio privado multipropósito para Neiva.
Una inversión estimada entre $55.000 y $65.000 millones, con capacidad inicial para unos 15.000 espectadores y posibilidad de ampliación hasta 30.000, sería una obra de enorme impacto para la ciudad.
Un estadio que pueda recibir fútbol, conciertos, ferias, espectáculos y eventos culturales podría significar una oportunidad económica extraordinaria; pero aquí no podemos caer en el entusiasmo fácil.
Si la ubicación propuesta contempla una isla del río Magdalena, la discusión ambiental es inevitable.
Y debe serlo.
No sería sensato descalificar automáticamente a quienes tienen preocupaciones ambientales. Pero tampoco sería sensato condenar un proyecto de inversión antes de conocer los estudios técnicos que determinen su viabilidad.
Ni el desarrollo económico puede pasar por encima del medio ambiente, ni la protección ambiental debería utilizarse para bloquear, sin argumentos técnicos, cualquier posibilidad de desarrollo.
La discusión debe darse con estudios sobre la mesa, información pública, participación ciudadana y decisiones institucionales transparentes.
El río Magdalena no es propiedad de un empresario, de un alcalde, de un gobernador ni de un partido político. Es patrimonio natural de todos.
Por eso, si el proyecto avanza, deberá demostrar que puede convivir responsablemente con el territorio.
El Huila necesita empresarios, pero también necesita controles
Aquí aparece una reflexión que considero fundamental.
Durante décadas hemos reclamado que al Huila no llegan grandes inversiones. Nos quejamos de que otros departamentos tienen mejores escenarios deportivos, mejores centros de convenciones, más hoteles, más infraestructura y mayores oportunidades empresariales.
Pero cuando aparece alguien dispuesto a invertir, inmediatamente surge la discusión sobre los impactos, los permisos, la ubicación y las condiciones.
Y esa discusión es necesaria.
Lo que no podemos hacer es querer desarrollo sin controles ni controles sin desarrollo
El Huila necesita empresarios con capacidad de inversión y visión de futuro. Pero necesita también instituciones fuertes, autoridades independientes y una ciudadanía capaz de exigir cuentas.
El sector privado no puede reemplazar al Estado. Y el Estado tampoco debería convertirse en enemigo del sector privado.
La relación correcta es otra: empresa, Estado y ciudadanía deben vigilarse, complementarse y trabajar alrededor del interés colectivo.
La verdadera prueba para Olave
Felipe Olave ha recibido reconocimientos y ha logrado posicionarse en diferentes escenarios. Su labor social y educativa, sus iniciativas para jóvenes y su participación en espacios de liderazgo y motivación muestran que su proyecto personal pretende trascender los negocios.
Pero precisamente por eso la vara debe estar más alta.
A un empresario que solamente quiere ganar dinero se le evalúa por la rentabilidad.
A quien dice querer transformar una región hay que evaluarlo por algo mucho más exigente: el impacto que deja en ella.
Dentro de diez años nadie recordará cuánto costó un proyecto si este no produjo oportunidades.
Nadie recordará cuántos anuncios se hicieron si las obras nunca llegaron.
Nadie recordará los discursos si no hubo transformación.
Y nadie podrá hablar de desarrollo si los proyectos terminaron deteriorando el territorio.
Por eso, más que aplaudir o atacar anticipadamente a Felipe Olave, el Huila debería hacer algo mucho más inteligente: observar, preguntar y exigir resultados.
Que invierta, que construya, que genere empleo, que forme jóvenes, que fortalezca el deporte y que lleve capital privado al departamento.
Pero que lo haga con reglas claras.
Que las instituciones hagan su trabajo.
Que los ambientalistas hagan sus advertencias.
Que los ciudadanos hagan sus preguntas.
Y que el empresario presente sus argumentos.
Al final, será el tiempo —y no la publicidad— el que determine si estamos ante un verdadero visionario.
Porque transformar el Huila no consiste simplemente en levantar edificios, comprar empresas o proyectar un estadio.
Transformar el Huila significa dejar una región con más oportunidades de las que encontramos.
Ese es el verdadero desafío de Felipe Olave Blackburn.
Y también el desafío de todos los que dicen querer un Huila diferente.
Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal y no comprometen la línea editorial ni periodística de La Voz de la Región.

