“Las palomas”, una franja de la memoria culinaria laboyana

Por: José Eder Toledo Cubillos
Investigador cultural, Licenciado en Literatura, Universidad del Valle; Magíster en Estudios Humanísticos, Universidad EAFIT y Doctorando en Humanidades, Universidad EAFIT.
Hace días leí una crónica escrito por una estudiante de Comunicación Social de la Universidad Surcolombiana, sede Pitalito. La narración de la estudiante trataba sobre la preparación de las roscas de maíz con ciertos datos biográficos de la cocinera. Diría un amigo profesor de literatura, un ejercicio para la cocina de la escritura. El escrito me produjo satisfacción por varias razones: primero, la joven recurre a una preparación que estructura la identidad culinaria laboyana; segundo, la crónica dio sazón a lo esencial en las cocinas tradicionales: la vida y el sentir de las cocineras para su comunidad; y por último, un estudiante que se comience a narrar a través de la cultura es un profesional que dimensiona su región.
La Avenida Pastrana en Pitalito, es una larga calle que todavía guarda la historia cultural. Entre la música de los bares y las discotecas se logra escuchar las ollas y el freír de las empanadas, papas rellenas, chorizo, morcilla, entre otras preparaciones que las cocineras María Gladys Vega y su hija Maribel hacen retumbar los paladares de los comensales. Siempre lo he afirmado, el sonido de la fritura de una empanada es algo erótico. Y, ellas, sí que saben del punto para que se pueda escuchar ese crujir. Lo anterior lo afirman aquellos que han degustado de las preparaciones de “las palomas”. Para Doña Gladys la cocina es amor y respeto por lo que se está preparando: “a veces preparan un café y no les queda muy bien, no es tanto por la manera sino por la actitud que tienen de prepararlo”.
Doña Gladys es una mujer de mirada tranquila, amorosa en sus palabras, humilde ante el orgullo de permanecer casi por tres décadas en el sector gastronómico. Para ella la cocina es el espacio para pensar en el otro. Su mirada se pierde ante el recuerdo cuando le preguntan qué significa cocinar. Se nota que ama el mesón, el olor de las “yerbas”, saborea las ideas al responder que gracias a la venta de empanadas levantó a su familia, compró el lugar donde ahora vendé, y le ha dado la capacidad de responder ante los créditos. Doña Gladys es un ejemplo de que la cocina tradicional es sostenible y sustentable. Hablar con ella no es de recetas es escuchar la humanidad de una mujer que se apasiona con lo que hace y se identifica. Sus frases son profundas, algunas queman la memoria, nos hacen caminar por los senderos de los recuerdos, es inquieta con las palabras y guarda unos silencios sazonados para que el comensal aprenda a escuchar la experiencia.
La cocina no son recetas, son historias. Y escuchar a las cocineras tejer una visión de la región desde los ingredientes y las preparaciones es un placer para los oídos. En los municipios del Huila tenemos una riqueza culinaria tan propia de cada municipio que hemos sido sordos ante las narraciones de nuestras cocineras tradicionales.
En conclusión, necesitamos a esos estudiantes que narren su territorio, reconozcan como se ha estructurado la cultura, se identifiquen y reapropien los sistemas culturales para generar un diálogo desde las comunidades; necesitamos conmemorar a las cocineras tradicionales que narran la defensa del territorio desde sus fogones.
Nota: Me he enterado de que postularan a la cocinera María Gladys Vega a los premios Gran Mujer, pues ya es hora que se comience a resaltar la cultura desde las cocinas tradicionales. Ella será una gran representante de las cocineras tradicionales laboyanas.
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