La huerta, el regreso a la semilla

Por: José Eder Toledo Cubillos
Investigador cultural, Licenciado en Literatura, Universidad del Valle, Magíster en Estudios Humanísticos, Universidad EAFIT, Doctorando en Humanidades, Universidad EAFIT.
En el municipio de Pitalito han socializado una propuesta que es llamativa “Construye tu huerto en casa”, en el municipio de Acevedo han generado un concurso de huertas caseras orgánicas. A simple vista son ideas muy acertadas. No obstante, para los que trabajamos en la lucha del campesinado e investigamos cocinas tradicionales y difundimos la pedagogía de la siembra tradicional, nos llama la atención hacer la diferencia entre soberanía y seguridad alimentaria, ya lo hemos afirmado, la cocina es un sistema político.
Veamos la diferencia. La soberanía alimentaria se concibe como el derecho de las comunidades a definir sus propias políticas alimentarias desde una visión ecológica, económica, social y culturalmente cohesionadas al territorio y región, es decir, es la manera de reclamar la alimentación como un derecho. Por otro lado, retomando la definición de la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la seguridad alimentaria, es cuando las personas tienen en todo momento acceso físico y económico a los alimentos para satisfacer sus necesidades alimentarias, es decir, el libre mercado, por eso si una familia no cuenta con un acceso económico a los alimentos, no come.
De esta manera es importante construir modelos económicos que nos lleven a la soberanía alimentaria. El diálogo con los sistemas de producción del campesinado se han modificado por el monocultivo, es preocupante que muchas de las fincas o parcelas de nuestras regiones no se encuentre la figura de la huerta. Ya lo decía mi abuela “si la huerta muere, se acaba el jardín de la casa”, pues es un espacio donde se cultiva la diversidad agrícola de la región, es la alacena siempre abierta a las cocineras y curanderas.
Para muchos la figura de ver un campesino comprar lo que se puede cultivar en la finca parece inimaginable, pero es una de las consecuencias de un modelo político y económico pensado más en la seguridad alimentaria y no en una soberanía alimentaria. Es cierto, nuestros campesinos han sido utilizados por cultivos que parecían la panacea para calmar el hambre y generar desarrollo en las comunidades, la realidad ha sido otra. Sin embargo, la actual crisis y preocupación por la alimentación ha dado saltos tímidos y socarronamente de algunos gobiernos en pensar volver a las orillas de las huertas caseras, populares y campesinas.
Las huertas siempre han sido un espacio pedagógico para la comunicación y siembra del pensamiento de la región, es el espacio donde brota la identidad cultural, es el espacio donde se narra la sabiduría de las mujeres, es el espacio donde están los ojos de las abuelas, es un intercambio para sentir humanidad con la naturaleza. Por eso no se puede hablar de seguridad alimentaria en la huerta. La huerta es el terreno arado por las manos de mujeres y hombres que construyen el sabor de la comunidad, la huerta siempre será botica para los dolores del cuerpo y el alma, la huerta es la osadía donde las gallinas quieren escarbar. La huerta es seguridad, es vida.
Tuvo que llegar una amenaza para volver a escarbar, a colocar, a narrar las semillas en la palabra huerta; porque antes de esta circunstancia, la palabra o el concepto huerta no aparecía en los programas de gobierno, ni en planes de desarrollo, lo más hermoso de la tragedia es volver al nicho, al lugar donde nos desprendimos. Y esperemos que este regreso sea por el camino y no chapaleando por la necesidad.
Los que nacimos en el campo sabemos que nuestro cordón umbilical está en la huerta, por eso hay que hablar de Soberanía Alimentaria como una construcción social y cultural, así vengan las gallinas a revolcar con sus políticas ajenas a la identidad.
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