Carta a Gerardo Meneses, escritor laboyano

Por: José Eder Toledo Cubillos
Investigador Cultural
Querido Gerardo Meneses:
Lo saludo cariñosamente y celebro que podamos encontrarnos aquí, en este espacio de cultura que nos da la palabra. Algunas veces hemos coincidido en espacios, pero vaya que nos encontramos de manera frecuente en la literatura. Yo lo leo a usted a través de esas historias y usted hace lo propio conmigo cuando escribe. Me refiero, a que usted como escritor y yo como lector, somos memoria. Sí, compartimos un territorio que nos está narrando, un juego yo escribo tú me lees, al final un espacio donde reconocernos, es decir, habitar.
Me imagino que estarás levantando la ceja o dibujando esa sonrisa que suele aparecer entre las páginas de tus novelas. Quizás preguntando la intención de está epístola. En primer término, quiero agradecerle por su libro El último viaje de Bashir que ha lanzado en la Feria del Libro en aquel personaje edificante para reconocernos, Pitalito. Al leer en la primera página, la frase: “Solo había un personaje que los hacía diferentes: El Mago Bashir”. Aparecieron ante mí: el mago Borletti, algunos afirman que inspiró al personaje de Melquiades en Gabriel García Márquez; otro, el Mago de Oz; el Mago Berlín, y otros magos que van apareciendo en la literatura. Me ha inquietado el Mago Bashir, porque con él, ha llegado la palabra “A Pitalito”.
En esta carta, quisiera exponer mis razones para darle la importancia al Mago Bashir. La palabra ha llegado con el Mago porque logra en dieciséis capítulos un recorrido por la idiosincrasia de la población. El Mago Bashir ha sacado fragmentos de nuestra historia, ha logrado que desde el sombrero no salga una paloma. Lo que se ha dado es abrir preguntas por el qué hemos sido, y cómo esos detalles nos pueden encaminar a la identidad que se ha desvanecido por otras narraciones.
Esta novela hay que leerla en el parque José Hilario López de Pitalito. Una lectura comentada. Ya se puede imaginar las narraciones de los abuelos al describir el Pitalito de dicha época. Es que el libro a través del niño Isaac nos lleva de la mano por las calles de la historia local. El recorrido para llegar al “Almacén Suyo”, luego pasando por “El Galante”, o recordar los encuentros en familia en el “Teatro Laboyos”, preguntar por el “Zanjón de los Tiestos”. La novela logra iniciar la pregunta por la construcción del laboyano. Y este es el tema que agradezco, usted no se ha ido de Pitalito en su prosa. Usted ha logrado que regresemos leyendo cada línea.
Qué comentarios o anécdotas surgirán si leemos la novela en una tarde laboyana. Cuando escuchen que al final de la jornada la merienda era “chocolate y pan de maíz”, que la abuela de postre nos sacaba de las cavilaciones con el olor de la guayaba, que la mesa se arreglaba con la estética de la canastica de pan, el plato de queso envuelto en hojas de plátano. Por otro lado, que alguien nos recuerde la voz de Radio Sur. O al menos, que los chicos relacionen al personaje de Teófilo, el profesor de literatura, con la importancia y enseñanzas de Teófilo Carvajal Polania.
Estimado Gerardo, el niño Isaac nos ha mostrado los cachingos en flor en uno de esos cielos de Pitalito en verano. Usted ha revolcado la memoria, ¿Cómo quedamos entonces usted y yo –nosotros- en estos terrenos de la narración del territorio? ¿Vale la pena que nos narremos para construir un modelo de cultura? Por ahora, no voy a responder. Acaso, esta carta no es el inicio por las divagaciones que se necesitan en la cultura y la historia desde lo literario.
Pero dejo unos temas para mi próxima carta. Por ahora, me despido de usted y quedo a la espera de sus abrazos que son igual a sus narraciones, viajes en la memoria.
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