Frente a los escombros, no existen bandos políticos: existe la vida humana
Por: José Omar Peña Muñoz
Comunicador Social y Periodista.
Vivimos en un mundo profundamente dividido. La política atraviesa prácticamente todos los espacios de nuestra sociedad: la economía, la educación, la religión, la salud, los medios de comunicación, la familia y hasta las relaciones cotidianas. Hemos convertido muchas veces nuestras diferencias ideológicas en fronteras que separan a unos de otros.
Pero hay momentos en los que esas fronteras deben desaparecer.
Una tragedia natural es uno de ellos.
Cuando la tierra tiembla, no pregunta quién gobierna, cuál es la religión de una persona, cuánto dinero tiene en su cuenta bancaria o en qué territorio político vive. Un terremoto no distingue entre lo tradicional y alternativo, entre creyentes o no creyentes.
Por más de un minuto, Colombia volvió a sentir, cómo la tierra dejaba de ser firme. Las paredes comenzaron a sacudirse, los vidrios estallaron, las estructuras crujieron y el miedo se apoderó de miles de familias que, en cuestión de segundos, perdieron todo. Al momento que las sirenas anunciaban que algo terrible había ocurrido.
Estos desastres, reflejan que la naturaleza no tiene ideología. Y frente a una emergencia humanitaria, la solidaridad debe aparecer primero.
El terremoto de magnitud 7,4 grados en la escala abierta de Richter que sacudió a Colombia el pasado lunes 10 de agosto, volvió a poner al país frente a una realidad dolorosa: somos vulnerables ante las fuerzas de la naturaleza y, cuando ocurre una tragedia de esta dimensión, la prioridad debe ser una sola: salvar vidas.
A medida que avanzan las labores de rescate, también aumenta el balance de víctimas. Los reportes conocidos hasta el momento registran 287 personas fallecidas, cerca de 3.900 heridas y 378 desaparecidas, además de miles de familias afectadas y viviendas destruidas o averiadas. Las cifras, sin embargo, continúan en actualización mientras los organismos de socorro permanecen en las zonas afectadas.
Ante semejante tragedia, cabe preguntarnos: ¿qué sentido tiene convertir el dolor de una familia en una discusión política?
La naturaleza no vota;
Colombia conoce demasiado bien el significado de una tragedia natural.
El 13 de noviembre de 1985, la erupción del volcán Nevado del Ruiz provocó la tragedia de Armero. Los flujos de lodo sepultaron buena parte del municipio y dejaron una de las mayores tragedias naturales de nuestra historia. El Servicio Geológico Colombiano ha señalado que aquella catástrofe dejó alrededor de 25.000 víctimas.
Después vendrían otros terremotos, avalanchas, inundaciones, deslizamientos, erupciones volcánicas y diferentes fenómenos naturales que han puesto a prueba la capacidad de respuesta del Estado y, sobre todo, la solidaridad de los colombianos.
En esos momentos difíciles, las diferencias políticas pierden su sentido frente a una persona que necesita ser rescatada.
Nadie le pregunta a quien está atrapado bajo los escombros, a qué ideología pertenece.
Nadie debería preguntárselo tampoco a quien perdió su vivienda.
Ni se debería condicionar la ayuda humanitaria a una posición política.
Porque cuando una persona está en peligro, primero está la vida y después cualquier diferencia.
— La solidaridad no puede convertirse en una batalla partidista.
La ayuda humanitaria exige colaboración, recursos, instituciones fuertes y decisiones gubernamentales. Por supuesto que debe existir control político y ciudadano sobre la actuación del Estado. En una democracia, las autoridades tienen que rendir cuentas y responder por sus decisiones.
Pero una cosa es ejercer control democrático y otra muy diferente es utilizar una tragedia para profundizar la confrontación política.
El terremoto no puede convertirse en un escenario para fabricar culpables antes de conocer los hechos, difundir información falsa, manipular imágenes, enfrentar comunidades o utilizar el sufrimiento de las víctimas como herramienta electoral.
Las redes sociales pueden ser extraordinarias herramientas para informar, organizar ayudas y encontrar personas desaparecidas. Pero también pueden convertirse en escenarios de desinformación y oportunismo cuando el dolor humano se transforma en contenido político.
En medio de una emergencia, una publicación falsa puede generar pánico. Una acusación sin pruebas puede desviar la atención. Una fotografía utilizada fuera de contexto puede engañar a miles de personas.
Y mientras algunos discuten en las redes, hay familias que todavía están esperando noticias de sus seres queridos.
Ese debería ser el límite ético de nuestra discusión política.
— Colombia necesita ayudas no trincheras.
La historia demuestra que, frente a las grandes tragedias, la solidaridad nacional e internacional ha sido fundamental.
Después de Armero, Colombia recibió apoyo de diferentes países y organizaciones internacionales. La tragedia demostró que la ayuda humanitaria puede atravesar fronteras políticas, económicas y geográficas. Los esfuerzos internacionales y nacionales permitieron atender a sobrevivientes y damnificados en medio de condiciones extremadamente difíciles.
Hoy, décadas después, volvemos a necesitar esa solidaridad.
Y esa solidaridad no debe tener partido.
Puede existir una profunda diferencia política entre los ciudadanos y, sin embargo, ambos pueden cargar juntos una caja de alimentos hacia una familia damnificada.
Puede haber desacuerdo entre dos gobiernos y, aun así, sus pueblos deben tenderse la mano.
Pueda que haya diferencias entre países, pero cuando una nación sufre una catástrofe, la humanidad debería estar por encima de las fronteras.
Después del rescate vendrá la reconstrucción, porque también debemos entender que la gestión humanitaria no termina cuando se rescata al último sobreviviente.
Después vendrá una tarea todavía más larga: reconstruir viviendas, escuelas, hospitales, vías, infraestructura y, sobre todo, reconstruir la vida de miles de familias.
Será entonces cuando Colombia tendrá que preguntarse qué falló, qué funcionó y qué debemos mejorar.
Será necesario evaluar la infraestructura, los protocolos de emergencia, la prevención, los sistemas de alerta, la capacidad de los organismos de socorro y la preparación de las comunidades.
Y esas preguntas sí deben formar parte de un debate público serio.
Pero que sea un análisis basado en hechos, no en odios.
Que exista crítica, pero también responsabilidad.
Que haya control político, pero no oportunismo.
Que se investigue, pero sin convertir a las víctimas en instrumentos de confrontación; frente a la tragedia somos ciudadanos antes que militantes.
Quizá una de las mayores lecciones que pueda dejarnos este terremoto sea precisamente esa: antes de pertenecer a un partido, una ideología, una religión o un sector económico, somos seres humanos.
La tierra puede volver a temblar.
El agua puede desbordarse.
Un volcán puede despertar.
Una montaña puede venirse abajo.
Y cuando eso ocurra, volveremos a necesitar las manos de quienes piensan diferente a nosotros.
Por eso, en medio de esta tragedia, Colombia necesita menos trincheras y más puentes; menos confrontación y más cooperación; menos discursos políticos y más acciones humanitarias.
Porque un terremoto puede destruir edificios, carreteras y viviendas.
Lo que no debería destruir es nuestra capacidad humana de ser solidarios.
La política tendrá nuevamente sus elecciones, sus debates y sus diferencias. Los partidos volverán a enfrentarse y los ciudadanos volveremos a discutir sobre el rumbo del país.
Pero mientras haya personas bajo los escombros, familias buscando a sus desaparecidos y comunidades esperando ayuda, hay una prioridad que debería estar por encima de cualquier ideología:
Salvar vidas.
Porque frente al dolor humano, la solidaridad no necesita partido, y la gestión humanitaria debe desmarcarse de ideologías.
Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal y no comprometen la línea editorial ni periodística de La Voz de la Región.

