Por: José Omar Peña Muñoz
Comunicador Social y Periodista.
Los desacuerdos y conflictos de intereses son inherentes a la política, y crean bloques incondicionales en la sociedad involucrada bajo la estrategia de la polarización; pero en Colombia, está pluralidad de visiones nos ha llevado a un punto preocupante: ya no basta con tener una opinión; ahora parece obligatorio pertenecer a un bando. La diferencia de ideas, que debería enriquecer el debate político democrático, se ha convertido en motivo de confrontación, descalificación e incluso odio. Hoy, más que discutir propuestas, muchos prefieren etiquetar a quienes piensan diferente.
La polarización política no nació de un día para otro. Es el resultado de décadas de violencia, desigualdad, promesas incumplidas y una cultura política que ha encontrado en la confrontación, un mecanismo eficaz para movilizar emociones y conseguir votos. En lugar de convencer con argumentos, se busca es vencer mediante la descalificación del adversario.
El combustible de la confrontación
Las redes sociales han acelerado la polarización política en Colombia. Lo que inicialmente surgió como un espacio para democratizar la información y ampliar la participación ciudadana, hoy también se ha convertido en un escenario donde predominan la confrontación, la desinformación y la viralización de contenidos emocionales. Los algoritmos privilegian las publicaciones que generan mayor interacción, y son precisamente la indignación, el miedo, la rabia y las emociones que producen más comentarios y reacciones.
Las cifras reflejan la magnitud del fenómeno. Según la biblioteca en línea «DataReportal» y el Ministerio de las Tic, Colombia cuenta con una penetración de internet cercana al 79 % de la población, mientras que alrededor del 69 % de los colombianos utiliza redes sociales de manera habitual. Esto significa que millones de ciudadanos reciben diariamente información política a través de plataformas digitales, muchas veces sin filtros periodísticos ni procesos de verificación.
Pero el problema no es únicamente el uso de las redes, sino la calidad de la información que allí circula. El Reuters Institute Digital News Report, revela que seis de cada diez colombianos (60 %) manifiestan preocupación por no poder distinguir qué información es verdadera y cuál es falsa en internet. Al mismo tiempo, la confianza en las noticias ha descendido hasta el 25 %, uno de los niveles más bajos registrados en el país, mientras casi la mitad de la población afirma evitar las noticias debido al tráfico visual que produce el ambiente de confrontación permanente.
Este escenario favorece la creación de «Bodegas Digitales», muy utilizadas en el ámbito político, donde los ciudadanos terminan consumiendo únicamente contenidos de interés de esas redes sociales, aislándose de otras ideas distintas. En consecuencia, quienes piensan diferente dejan de ser vistos como contradictores y pasan a ser considerados enemigos. Así, la conversación pública pierde profundidad, desaparecen las ideas diversas y el debate democrático es reemplazado por ataques personales y campañas de desinformación.
Sin embargo, sería un error atribuir toda la responsabilidad a las plataformas tecnológicas. Los dirigentes políticos, los líderes de opinión e incluso algunos influenciadores también tienen una enorme responsabilidad ética. Cuando desde el poder o desde la oposición se alimenta un lenguaje de odio o se desacredita al adversario, se deteriora la confianza en las instituciones, se debilita el debate público y se fractura la convivencia democrática. Ninguna ideología, por legítima que sea, justifica convertir al contradictor en un enemigo de la sociedad.
La democracia exige escuchar más y gritar menos
La democracia no consiste en pensar igual, por el contrario, su fortaleza reside en la capacidad de debatir, escuchar y construir acuerdos respetando las diferencias. Una sociedad madura comprende que la crítica es necesaria, pero también que el respeto es indispensable.
Colombia enfrenta desafíos que exigen unidad más que división: la inseguridad, la corrupción, la crisis climática, la calidad de la educación y las brechas sociales; ninguno de estos problemas se resolverá mediante ataques entre quienes piensan distinto. La solución exige instituciones fuertes, ciudadanos informados y dirigentes capaces de dialogar incluso con sus opositores.
La historia demuestra que los países progresan cuando las diferencias se tramitan con argumentos y no con odio. El pluralismo no debe verse como una amenaza, sino como una riqueza propia de toda democracia; pensar diferente no convierte a nadie en enemigo de la nación. Quizás ha llegado el momento de cambiar el tono del debate público; poner en práctica la unificación del capitalismo y el socialismo para la creación de una economía mixta, que permita el desarrollo equitativo de la población. No se trata de renunciar a las convicciones políticas, sino de recordar que antes de ser militantes, simpatizantes o votantes, somos ciudadanos que compartimos un mismo país y futuro.
Colombia necesita menos fanatismo y más pensamiento crítico; menos etiquetas y más argumentos; menos odio y más respeto. Porque cuando la política divide a la sociedad hasta el punto de romper los puentes del diálogo, quien realmente pierde no es un partido ni un gobierno: pierde la democracia.
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