OPINIÓN: Los laboyanos las preferimos decentes

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Los laboyanos las preferimos decentes

Por: Gerardo Meneses Claros

Escritor

La vulgaridad es una forma de la ignorancia, bastante parecida a la grosería

Escribo este texto indignado. Y más que eso, avergonzado con las mujeres de Pitalito.

No hay derecho a semejante atropello. La entrega del Premio Mujeres del Año, una idea plausible para exaltar a las mujeres laboyanas, se vio empañada con el relleno de una presentación ramplona, vulgar e irrespetuosa de un espectáculo que, hasta en su nombre, es ya una bofetada.

Los caballeros las prefieren brutas, de Isabela Santo Domingo es un monumento al mal gusto, a la ramplonería. El título, tomado de una de las películas icónicas de Marilyn Monroe, Los caballeros las prefieren rubias, es una apología al machismo y un irrespeto a la dignidad de cualquier mujer.

La idea barata de que el humor siempre que tenga vulgaridad vende, es un argumento absurdo de quienes tienen en su poder la contratación de este tipo de eventos. La vulgaridad es sinónimo de ordinariez, de trivialidad, de grosería ¿con ese criterio se les rindió tributo a nuestras mujeres? No hay derecho a tanta descortesía.

Y aquí el centro de la discusión que debe darse después de este bochornoso incidente no es con la “actriz”; aquí las preguntas son ¿quién sugirió traerla y quién aprobó traerla para un evento de exaltación a la mujer? Porque el espectáculo de la señora es perfecto como show de medianoche en una cantina, pero no para un evento oficial, enmarcado en una celebración de la ciudad y como homenaje a las mujeres más representativas de ella.

Si la idea era terminar la ceremonia de entrega de las exaltaciones con una hora de humor ¿por qué no se pensó con inteligencia? Un espectáculo de figuras como Luz Amparo Álvarez, Alejandra Montoya o Tola y Maruja, por citar solo esos ejemplos, tiene la finura del humor inteligente, que exalta, no que degrada al ser humano. Y menos a la mujer.

En el evento del sábado en la Cámara de Comercio estaban las mujeres más representativas de la ciudad: campesinas, cafeteras, educadoras, artistas, empresarias, madres de familia. Y todas acompañadas de sus familias, de sus hijos o sus esposos. Con todos los que he hablado me han dicho lo mismo: “Yo no sé por qué no nos salimos”. Sí, salirse hubiera sido una manera de protestar, de exigir respeto; pero les pudo más la educación. Les pudo más la decencia.

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